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Por Florencia López-Boo.

Que nuestro comportamiento en la vida adulta viene marcado por nuestras vivencias infantiles no es un concepto nuevo, ya lo desarrollaron Freud o la teoría de la Gestalt en el siglo pasado. Pero hay otra teoría mucho menos conocida que éstas y que, según destaca el diario The New York Times, está últimamente adquiriendo nuevo brío gracias a su aplicación en los jardines de infantes o en programas de “coaching” para ejecutivos. Es la llamada “Teoría del apego”, que genera creciente atención por su interpretación de cómo los seres humanos nos comportamos en nuestras relaciones sociales. En el mes de la madre, es importante hablar de ella y de su papel en la crianza. 

Esta idea, concebida hace más de 50 años por el psicoanalista británico John Bowlby y posteriormente validada científicamente por la psicóloga estadounidense Mary S. Ainsworth, sostiene que la calidad de los vínculos personales durante el primer año de vida influye profundamente en nuestro comportamiento como adultos.

Parece ser que al final del primer año de vida, y en función del trato que hayamos recibido de nuestros padres o cuidadores, nuestro cerebro tiene un registro claro e indeleble del funcionamiento de las relaciones sociales, lo que nos permite desarrollar estrategias futuras para la supervivencia en un entorno social.

Niños en “situación extraña”

La Teoría del apego establece cuatro categorías diferentes según la relación que mantenemos con las personas más cercanas a nosotros en la más tierna infancia. Estas categorías fueron definidas tras realizar en miles de niños el llamado “Test de la situación extraña”, que consistía en que los padres o cuidadores dejaban a los pequeños solos o en compañía de un extraño por un corto periodo de tiempo y luego regresaban. Sus reacciones permitieron hablar de:

  • Niños seguros: cuando el adulto se marchaba, los niños se enojaban pero corrían hacia él emocionados a su regreso.
  • Niños inseguro-ansiosos: cuando el adulto se marchaba, los niños se enojaban y podían ir hacia él pero no se calmaban con facilidad a su regreso, porque el cuidador había demostrado ser una fuente de seguridad poco fiable en el pasado.
  • Niños inseguro-evasivos: no presentaban malestar cuando su cuidador se iba y no mostraban tampoco mucho interés a su regreso, porque estaban acostumbrados a ser ignorados o rechazados.
  • Niños inseguro-desorganizados: mostraban conductas ansiosas y huidizas de una manera errática, lo que solía ser indicativo de situaciones previas en las que el cuidador podría haber realizado amenazas o abusos.

Nuevas realidades sociales

La Teoría del apego se desarrolló en un contexto histórico en el que las mujeres reclamaban sus derechos a la igualdad y a la independencia y en el que su incorporación al mercado laboral era creciente. Las madres han sido siempre consideradas el referente principal para los niños dado que son las que más tiempo pasan con ellos, particularmente durante el primer año de vida, y las que finalmente tienen, según esta teoría, un papel definitorio en su vida adulta. Por ello, el hecho de que la mujer se haya convertido en protagonista económica ha marcado nuevas tendencias.

Un estudio publicado recientemente por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sostiene que en América Latina y el Caribe las mujeres se han convertido en motores de transformación de la dinámica familiar con su contribución económica a los hogares, que ha pasado de un 28% en 1996 a un 35% en 2014. Muchas de estas mujeres son madres, por lo que no es sorprendente que en los últimos 10 años la cobertura de los servicios de cuidado o de centros de desarrollo infantil se haya duplicado en países como Brasil y Chile y se haya multiplicado por 6 en Ecuador, según datos publicados por el BID.

De la misma manera, los permisos de maternidad juegan un papel fundamental en el apego de los niños y en sus efectos posteriores. Un informe analizó los efectos a largo plazo de las licencias de maternidad remuneradas en Noruega a finales de los años 70 y encontró que las madres que se vieron beneficiadas por la reforma pasaron, en promedio, 4 meses más con sus hijos. Esto llevó a una marcada reducción (entre el 2 y el 2,5%) de las tasas de deserción escolar en las escuelas de educación secundaria y dejó ver un impacto importante en el aumento de su coeficiente intelectual.

En América Latina las mujeres cuentan con una media de tres meses de permiso de maternidad, periodo inferior al límite mínimo de 14 semanas establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su Convenio 183 sobre Protección a la Maternidad. Sin embargo, Cuba y Venezuela otorgan licencias de 18 semanas con el sueldo íntegro de la trabajadora mientras que Chile y Brasil conceden hasta seis meses. En el caso de Bolivia, la trabajadora tiene su puesto asegurado durante el embarazo y el año posterior al parto, en tanto que en Panamá se asegura la continuidad en el puesto hasta un máximo de un año tras haber concluido el permiso de maternidad.

Todo ello sin duda contribuye a que el vínculo o apego entre el niño y su madre sea más sólido. Pero el camino aún es muy largo. Proteger los derechos de las madres, incluyendo licencias de maternidad más generosas para todos los países, cerrar la brecha salarial, crear políticas públicas que faciliten el acceso a los centros de cuidado infantil en el lugar de trabajo y promover la participación masculina en la crianza de los niños son, por mencionar sólo algunas, las políticas que deberíamos estar desarrollando en un futuro cercano.

¿Cuánto duran las licencias de maternidad en tu país? ¿Crees que es suficiente para crear una relación de apego con los niños? Cuéntanos en la sección de comentarios o mencionando a @BIDgente en Twitter. 

Florencia López-Boo es economista sénior en Protección Social en la División de Protección Social y Salud del Banco Interamericano de Desarrollo.

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Mes de la madre: el apego infantil como una inversión a futuro
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